Comencé
mi servicio social en enero de 2012, al mismo tiempo que mi cuarto semestre de
preparatoria. Me decidí por trabajar con niños, por un lado, porque disfruto su
compañía y me atrajo la idea de apoyarlos en lo que me fuera posible y, por
otro lado, para poner a prueba mi paciencia. Dos compañeros y yo contactamos al
Instituto Pedagógico para Problemas del Lenguaje (IPPLIAP) y fuimos recibidos
con los brazos abiertos. Por las mañanas se trata de una escuela, preescolar y
primaria, para niños sordos, sin importar su situación económica, y por las
tardes se llevan a cabo talleres extraescolares que tienen como fin brindar
apoyo en distintas materias a alumnos de otras escuelas. Acordamos acudir cada
jueves de 3 a 5 de la tarde a ayudar en estos talleres.
Me
sorprendió gratamente encontrarme con unas instalaciones muy bien cuidadas y
equipadas para trabajar, cuentan incluso con una pequeña biblioteca y un amplio
patio de juegos. Cada unos de nosotros fue asignado a un grupo diferente, a mí
me toco en el único grupo de niños sordos de la tarde. Su taller, por lo tanto,
consistía en aprender las señas básicas. Mentiría al decir que no me puse
nerviosa, pero desde el principio conté con la motivación para aprender yo, a
la par que los niños, el lenguaje de
señas. La maestra encargada del curso se llama Leslie Pichardo y es sorda
también. Sin embargo, nunca fue un problema la comunicación entre nosotras, ya
que Leslie lee los labios y en el peor de las casos nos comunicábamos por
escrito.
Pensé
en un principio que, dada la situación, el salón de clases iba a ser silencioso
y ordenado. Pero los pequeños de entre 4 y 10 años que tuve la oportunidad de
conocer, se las arreglaban para ser igual de traviesos y ocurrentes que
cualquier otro niño de su edad. El primer día recibí mi propia seña que me fue
otorgada por mi pelo chino e intenté aprenderme la de los alumnos. El mismo día
me sorprendió el sentimiento de cariño y admiración que lo niños son capaces de
transmitir en tan poco tiempo, apenas me conocían y dos horas después ya me
trataban con mucha confianza.
La
parte más difícil de este trabajo fue el no poder hablar con los niños y
entender todo lo que ellos me querían decir. En muchas ocasiones movían sus
manos a una velocidad impresionante y me miraban esperando una respuesta. Hacía
lo posible por darme a entender, pero normalmente ellos sólo se me que me
quedaban viendo muy confundidos y yo me limitaba a sonreír y preguntarles cómo
estaban (esa seña sí me la aprendí muy bien). De cualquier forma no tardé en
aprenderme el abecedario y uno que otro verbo. Me hubiera gustado aprender
mucho más del lenguaje de señas, pero debo admitir que me hubiera hecho falta
mucha más práctica y tiempo. Mi parte favorita era la hora del recreo. Salir a
jugar al patio no requiere de muchas palabras. Como dicen por ahí, la risa es
el lenguaje universal.
Esta
experiencia me dejó muchísimo y definitivamente aprendí cosas nuevas. De la
misma manera, espero que mi ayuda haya sido significativa para los niños.
Confirmé que me gustan mucho la convivencia con ellos y, aunque no todo fue fácil
y divertido, me quedo con una imagen muy positiva. No está de más mencionar que
esta experiencia me permitió darme cuenta y agradecer todas las posibilidades
que tengo.
Adriana Sánchez Uranga 3ero. CCH


No hay comentarios:
Publicar un comentario