Bienvenido a CAS


...si crees en algo, no debes limitarte a pensar
o hablar o escribir,
sino que debes actuar.

(Peterson, 2003)


lunes, 22 de abril de 2013

Clínica Psiquiátrica Florida, por Martha Puca.


Yo elegí como proyecto para CAS, de seis meses, asistir a la clínica psiquiátrica Florida. Asisto con tres de mis compañeros de generación una vez a la semana dos horas. En estas dos horas les llevamos a los pacientes diferentes actividades para que se distraigan un rato y tengan algo divertido que hacer. Normalmente les llevamos material para hacer manualidades lo cual les gusta mucho y desarrolla su creatividad y habilidad con las manos. Como nuestros pacientes no sólo son mujeres sino que también hombres tratamos de llevar actividades variadas  que puedan ser interesantes para todos. En promedio trabajamos con unos 20 pacientes en cada sesión de terapia y tratamos de darles un trato muy personalizada para que ellos se sientan a gusto y se animen a participar.
En algunas ocasiones decidimos  salir a realizar las actividades al jardín de la clínica, el que es un lugar muy agradable. Tienen una cancha de volleyball la cual utilizamos algunas veces para jugar ya sea volleyball o futbol. Esta actividad les encanta principalmente a los hombres.
Hay veces en las que también hacemos concursos y juegos de destreza mental. Para estas actividades acostumbramos llevar algún premio aunque sea muy pequeño, esto los motiva muchísimo y no sólo premiamos al ganador sino a todos. A veces es difícil encontrar un buen premio que llevarles ya que algunos de los pacientes sufren de diabetes y/o sobrepeso por esto la nutrióloga de la clínica nos pide que cualquier cosa que les llevemos sea saludable y con poca azúcar.
Además no importa la actividad que tengamos planeada siempre les llevamos música para crear un ambiente más cómodo. Creo que esa ha sido una muy buena idea porque les encanta cantar las canciones que les llevamos y siempre recibimos peticiones de nuevas canciones.
Ya llevamos aproximadamente tres meses y medio yendo a la clínica y hasta el momento ha sido una actividad muy gratificante. El primer día que asistimos nos comentó la psicóloga encargada que lo que estábamos a punto de hacer implicaba un gran compromiso ya que este tipo de pacientes psiquiátricos son muy sensibles respecto a que si vas una vez y después dejas de ir por alguna razón, sin importar que la razón haya sido ajena a ellos suelen culparse a si mismos y sentirse indeseados. Es por eso que no podíamos tomarnos a la ligera el compromiso. Ese mismo día los conocimos y para ser sincera sí tuve algo de miedo. Nuca había tenido trato con pacientes y muchos menos pacientes con algún tipo de enfermedad mental. No sabía cómo reaccionarían y tampoco estaba segura de cómo debía de comportarme. Sin embargo con el paso del tiempo nos tienen más confianza, ahora que vamos nos platican, cuentan chistes y esperan con ansias las actividades que llevamos preparadas para ellos siempre al llegar nos pregunta: -Doctora ¿qué vamos a hacer hoy? Y al contestarles siempre tienen una sonrisa. Son personas que valoran lo que hacemos por ellos y son muy agradecidos, además me han enseñado muchas cosas como el compañerismo. Me impresiona ver como se ayudan entre ellos y se echan porras, incluso son pacientes entre ellos mismos y han aprendido, dentro de lo que cabe, a ser tolerantes y llevar una buena convivencia diaria.
A mi en lo personal me encanta ir al servicio, no importa cuanta tarea tenga o el cansancio todos los pacientes que hemos tenido hacen que el esfuerzo valga la pena. Hay veces que tengo sentimientos encontrados sobre todo cuando uno de los pacientes deja de ir a terapia porque ya lo dieron de alta, por una parte me da tristeza ya no volverlo a ver y por la otra parte me siento contenta de que lograron salir de ahí y que sé que van a estar mejor. Ni yo ni mis compañeros sabemos a ciencia cierta la enfermedad que cada uno padece o cuanto tiempo van a estar ahí y eso creo que ha sido bastante bueno porque nos ha permitido trabajar sin prejuicios de ningún tipo.
Hasta el momento creo que la decisión que tomé a principio de año de cual proyecto quería llevar a cabo fue la mejor y la volvería a tomar. Estoy muy feliz.

Estas fotos las tomé hace poco en una de las terapias en las que hicimos unas cartulinas con motivo de la primavera.
Nosotros les llevamos el material y organizamos dos equipos. Cada equipo podía hacer su propia cartulina y al final votamos para elegir a la cartulina ganadora. Como premio les llevamos un pequeño chocolate con forma de conejito por haber pasado la temporada de pascua.

Experiencia de Jurg Schneider en CAS


Estuve en el proyecto de Casa Hogar Santa Ines, siendo honesto me cansaba mucho tener que ir todos los miércoles saliendo de la escuela y quedarme hasta las 6. Además de eso me di cuenta que al salir de Santa Ines siempre salía con la energía muy baja, también noté que no soy bueno para cuidar y aguantar a niñas pequeñas, es por eso que me salí de ahí para entrar a Eco-Suizo y otros proyectos dentro de la escuela. 

viernes, 19 de abril de 2013

CIDESIAP Centro Colibrí, por Belén Najera


En el centro Colibrí se atendían niños, niñas y sus familias migrantes de orígenes Otomí. En el centro se hacían talleres de distinta índole para los niños. Nosotros organizamos talleres nuevos a los que tenían durante el turno matutino (p.e.informática); hicimos un taller de matemáticas, uno de manualidades, uno de lectoescritura, uno de música y uno de baile.
Cuando nos dijeron cómo tenía que ser la parte de servicio de CAS me preocupe bastante porque no tenía la más remota idea de dónde iba a encontrar una institución a la que ir. Por suerte una amiga había escuchado del Centro a través de su mamá. Me explicó qué era lo que se hacía ahí, me dijo que podríamos trabajar ayudando niños y me convenció de irlo a visitar. Arreglamos todo bastante rápido (si sí nos aceptaban, qué días iríamos, en qué horarios, de qué serían los talleres, con niños de qué edad) así que el proceso de decidir la institución, horarios y actividades fue bastante sencillo. Como teníamos todo listo pudimos empezar apenas comenzó Noviembre.

Yo decidí dar un taller de manualidades con otra amiga, queríamos que los niños tuvieran un espacio en el que pudieran ser creativos, mostrar su individualidad y relajarse un poco. Logramos estos objetivos fácilmente porque las actividades les gustaron mucho, además eran sencillas así que todos podían hacerlas y quedar felices con el resultado (teníamos niños de 4 a 9 años).

Nos dijeron que trabajáramos durante noviembre en algo para una posada que se iba a hacer en diciembre así que nuestra primera actividad fue unos farolitos (decoración). Decidimos empezar con esto porque era algo simple y queríamos ver cómo trabajaba el grupo. Trabajaron muy bien. Nos dividimos niños y niñas (fue la única clase que lo hicimos) para trabajar porque así sería más fácil para nosotras tener control de grupo y conocer un poco a los niños.

La siguiente vez que nos vimos comenzamos otro proyecto mucho más relacionado con las posadas: ¡piñatas! Los niños estaban muy entusiasmados aunque algunos admitieron que tenían miedo porque nunca habían hecho una y tenían miedo de arruinarlo. Comentarios como este eran frecuentes pero eran fáciles de manejar pues sólo les teníamos que decir que todos estábamos aprendiendo juntos entonces no tenían que tener miedo, y si lo tenían, tenían que enfrentarlo. Todo iba muy bien pero se nos terminó el engrudo entonces tuvimos que improvisar con el resistol que tenían ahí y tuvimos que inventarnos otras actividades para matar tiempo.

Así siguieron las siguientes sesiones pero por una u otra razón terminé dando el taller yo sola en algunas ocasiones. He de admitir que la primera vez que esto sucedió estaba muy nerviosa porque no sabía cuántos niños iban a ir así que le expliqué la situación a una de las coordinadoras y le pedí si podía estar en el salón (sólo haciendo presencia). No hubo ningún problema ni esa ni ninguna otra clase. De repente había momentos incómodos en los que los niños mencionaban que sus papás les pegaban o en los que alguien no quería hacer la actividad porque no había tenido un buen día; al principio no sabíamos qué hacer pero después nos dimos cuenta de que si sólo cambiábamos de tema y continuábamos platicando como si nada los niños no se lo tomaban personal y regresaban a trabajar.
Creo que las actividades los entretuvieron mucho y si lograron que se olvidaran del resto del mundo por un rato, hicimos que trabajaran en equipo (no siempre solos o con sus amigos) para que pudieran aprender a relacionarse mejor con otras personas.

En el tiempo en el que estuve en el Colibrí aprendí mucho sobre responsabilidad y compromiso porque tenía que recordar llevar dinero para el pasaje, llevar el material de la clase, no olvidar mis cosas de la escuela y seguir haciendo tareas. Aprendí acerca de compromiso porque a pesar de tener mucho trabajo escolar que hacer no podía dejar olvidado el Colibrí, era necesario planear las clases, los materiales, conseguir o hacer los materiales y probar las cosas antes de hacerlas (farolitos, grullas y piñatas).

Hubo un descanso en diciembre y debíamos reanudar actividades a finales de enero pero no nos contactaban ni nada entonces nos preocupamos y buscamos a las coordinadoras hasta que nos respondieron que estaban teniendo varios problemas financieros y que era probable que el centro tuviera que cerrar. Me sentí muy decepcionada porque en verdad me gustaba ir y pasar tiempo con los niños y enseñarles cosas que ellos ni sabían que estaban aprendiendo. Me pareció que la posada fue un bonito cierre para lo que estuvimos haciendo durante noviembre y diciembre, los niños se divirtieron muchísimos, consiguieron muchos dulces de las piñatas (hicimos la colecta de dulces) y pudieron mostrar lo que habían hecho en otros talleres (una canción, una obra). Aún es posible continuar con el proyecto pero de manera distinta y la verdad es que no me interesa de la misma manera pues trabajar directamente con los niños enseñándoles algo que a mí me apasiona era lo que hacía de este servicio algo tan único.


Centro Interdisciplinario para el Desarrollo Social, Colibrí. Por Amaranta Manrique de Lara.


Conocí el Centro Colibrí por mi mamá. En realidad conozco muchas instituciones que trabajan con infancia y derechos humanos porque mi mamá trabaja con infancia y derechos humanos; siempre ha sido parte de lo que veo tirado en la casa o escucho cuando la acompaño a viajes de trabajo. Cuando nos dijeron que teníamos que hacer servicio social, sabía que quería hacer algo relacionado con niños (siempre me ha gustado trabajar con niños y había pasado ya algunos veranos ayudando a mi abuela en su guardería) y le pedí a mi mamá que si me presentaba gente para platicar y escoger un buen proyecto. El Colibrí me gustó mucho y se me hizo buena opción. Primero, porque yo no tenía ni idea de que existían predios en la Colonia Roma. Me sigue sorprendiendo cómo solemos no darnos cuenta de lo que está pasando en nuestras narices. Segundo, porque niños migrantes eran una población que presentaba un reto y por lo mismo se me hacía una población interesante. Tercero, que podría parecer poco importante pero en mi opinión no lo es, porque un grupo de compañeros parecían estar igual de interesados y entusiasmados con la idea.
El Colibrí está en una casa vieja en la calle Chihuahua. Supongo que no es gran cosa, en realidad se ve un poco descuidada por fuera porque se trata de una institución sin fines de lucro que obtiene dinero metiendo su proyecto a competencias y ganando premios y financiamiento. Pero este lugarcito es un pequeño cacho de “paraíso” para los niños que van. Se trabaja en dos turnos, para que los niños que van a la escuela puedan estar en el Colibrí en la mañana o en la tarde dependiendo de sus necesidades;  mi equipo y yo participamos en el turno vespertino. Los niños llegan, comen, se lavan los dientes (porque la higiene es importante y es algo que se les enseña) y se dividen: los chiquitos de niveles 1 y 2 van con Atenea y los grandes de nivel 3 van con Karen (Karen y Atenea son casi como sus mejores amigas, aunque también son casi como mamás para ellos cuando es necesario). Se podría decir que el Colibrí es una escuela, pero en el sentido más amplio de la palabra, no el de uniformes y niños sentados en bancas escuchando; es un centro interdisciplinario. Los ayudan con sus tareas y a regularizarse, pero el corazón del trabajo que hacen son los talleres varios, como manualidades, capoeira y música. Su enfoque es que los niños tienen derecho a la diversión a través de la educación (no el sistema educativo, la educación), porque cosas que nosotros tomamos tan por sentado como saber leer o aprender matemáticas, les dan la oportunidad de conocer mundos completamente nuevos (tan simples como el mundo de Harry Potter o tan complejo como el mundo del infinito matemático).
Yo contribuí a dos talleres (ambos con compañeros): matemáticas a niveles 1 y 2, y lectoescritura a nivel 3. Honestamente, no me emocionaba tanto trabajar con nivel 3 porque los adolescentes me intimidan fácilmente y había chavos (ah, porque además eran todos hombres) más grandes que yo. Lo que me emocionaba eran los chiquitos, porque además me han dicho que eso de enseñar mate se me da (es mi única fuente de ingreso real). Disfruté trabajar con niveles 1 y 2; me hacían sonreír mucho con sus comentarios inocentes (“Mi corazón tiene que estar aquí [señala cabeza] porque con él pienso”), aunque también era difícil escuchar algunos (“¡El papá de ** le pega!”). Sorprendentemente, lo que se me hizo más gratificante fue el trabajo con los de nivel tres. Tuvimos problemas al principio; supongo que las vidas que llevan hacen que sea más difícil para ellos confiar en alguien, y todo trabajo en conjunto se basa en confianza. No nos querían hablar, no estaban dispuestos a trabajar… Pero luego de una larga charla encontramos algo que hacer que ellos fueran a disfrutar: escribieron una obra de un acto para  presentar en su posada en diciembre que resultó ser más o menos una representación de sus vidas en papel.
Por lo que entiendo, el punto de CAS es expandir tus horizontes, conocer cosas diferentes, básicamente salir de la burbujita que (muy probablemente) tu escuela y tu entorno te han creado. Por mi propio entorno familiar, me gustaría pensar que nunca me ha sido ajeno el “conocimiento” (perdón por el pésimo uso de la palabra) conocimiento de la (triste) realidad de nuestro país y del mundo, pero ese “conocimiento” ha sido en su mayoría pasivo para mí. Escuchando esas historias de sus bocas es mucho más real que verlo en televisión o leerlo en el periódico. También duelen de una manera más real. Pero no es todo historias de terror. La verdad es que se me hacen personas increíblemente admirables. No porque sean tan buenas personas aún teniendo vidas así, sino porque son buenas personas porque tienen vidas así. ¿Que sus padres no quieren que vayan a la escuela? Pues van y se esfuerzan más. ¿Que no están contribuyendo dinero a la casa si se la pasan estudiando? Pues van y lavan parabrisas todo el día (en un buen día, puedes ganar 200 o 300 pesos). Toman su situación y la aprovechan al máximo, en lugar de tratar de olvidarla. Y creo que para ellos estar en el Colibrí también es un reto personal, porque los ayuda a superarse a sí mismos de muchas maneras y de probarse a sí mismos que pueden hacer muchas cosas, todas las cosas que quieran, y no se tienen que quedar sólo con lo que sus papás dicen que tendrían que estar haciendo.
Siempre se dijo que nosotros íbamos a ser los que acababan aprendiendo. Es cierto. Nunca pensé en el servicio social como una carga. No voy a decir que se me olvida que es obligatorio porque hay que firmar hojas y hacer reportes, pero las hojas y los reportes se van a perder y se me va a olvidar su existencia, pero la experiencia no. Por eso tal vez no es tan malo que CAS sea un requerimiento. Creo que si logras encontrar un proyecto que te guste y te rete, y te logras abrir a lo que puedes aprender de él, es posible que de las memorias más gratas que tengas de todo lo que tuviste que hacer para el IB sea haber sido parte de algo de importancia.

Alzheimer México, por Jorge Rodolfo González Esquinca

En la institución se ayuda a las personas de la tercera edad que sufren de enfermedades como Alzheimer. Se realizan actividades que alentan el deterioro de sus capacidades motrices. Estas son como realizar ejercicios de acondicionamiento físico. Constantemente se está buscando o procurando que tengan una buena salud y alimentación. 


Durante ya cinco meses, he estado ayudando en una clínica especial para personas que sufren de Alzheimer. Esto ha sido una experiencia que ha cambiado la forma en la que veo al mundo. Antes de hacer esto, ya había escuchado de esta peligrosa enfermedad, pero nunca me había imaginado a los límites que podía llegar; no es lo mismo saber en qué consiste a ya trabajar personal mente con personas que no saben que la sufren.
Creo que esta actividad me ha ayudado a entender y saber cómo tratar a las personas enfermas, así como a saber qué temas y cuáles no tratar con ellos.
Aunque al principio fue algo difícil saber cómo tratar a la gente y saber qué actividades se podían realizar con ellos, me ha gustado la experiencia.
Después del tiempo que he estado yendo, a veces siento que los viejitos se acuerdan de mí, y que, aunque no lo puedan expresar, están agradecidos de que los estoy ayudando. 

Alzheimer México, por Rita Manuell Barrios


En esta institución se les ayuda a los pacientes a realizar actividades sociales, culturales y de terapia física, ocupacional y lúdica. También se vigila su salud y su alimentación, y se les reeduca para las actividades básicas de la vida diaria.
Además la institución proporciona cursos de capacitación, grupos de apoyo para los familiares y becas de estancia.

Cuando iniciamos este proyecto no sabía qué tan complicado iba a ser ya que nunca había tratado con personas con Alzheimer, pero ahora que ya ha pasado un tiempo considerable puedo decir que no me arrepiento de haber escogido trabajar con personas mayores ya que he aprendido muchas cosas importantes, no sólo cualidades como la paciencia o la gratitud sino que he aprendido mucho de ellos. Esto no quiere decir que haya sido sencillo, al contrario, al principio no sabíamos cómo los debíamos tratar ni cómo reaccionar a sus acciones ni qué actividades eran las más adecuadas para ellos, además de que vamos a un horario complicado ya que en la tarde ya están cansados y se quieren ir a sus casas, pero poco a poco con la práctica y la ayuda de las personas encargadas fuimos obteniendo las respuestas a todo eso y descubrimos que las actividades que más les gustan son las manualidades que además de tranquilizarlos les ayudan a que no pierdan agilidad motriz. Me he dado cuenta de que trabajar con personas de la tercera edad es algo muy valioso ya que, aunque en este caso tienen problemas para recordar y a veces no tienen mucha coherencia, son gente con mucha experiencia que nos aportan muchos de sus conocimientos cuando nos cuentan sus anécdotas de cuando eran jóvenes y a su vez nosotros les proporcionamos un rato agradable y alguien con quien platicar, por lo que se hace un intercambio recíproco del cual todos salimos beneficiados. Esta experiencia me ha gustado mucho y espero poder seguir haciendo algo parecido en el futuro.