Conocí
el Centro Colibrí por mi mamá. En realidad conozco muchas instituciones que
trabajan con infancia y derechos humanos porque mi mamá trabaja con infancia y
derechos humanos; siempre ha sido parte de lo que veo tirado en la casa o
escucho cuando la acompaño a viajes de trabajo. Cuando nos dijeron que teníamos
que hacer servicio social, sabía que quería hacer algo relacionado con niños
(siempre me ha gustado trabajar con niños y había pasado ya algunos veranos ayudando
a mi abuela en su guardería) y le pedí a mi mamá que si me presentaba gente
para platicar y escoger un buen proyecto. El Colibrí me gustó mucho y se me
hizo buena opción. Primero, porque yo no tenía ni idea de que existían predios
en la Colonia Roma. Me sigue sorprendiendo cómo solemos no darnos cuenta de lo
que está pasando en nuestras narices. Segundo, porque niños migrantes eran una
población que presentaba un reto y por lo mismo se me hacía una población
interesante. Tercero, que podría parecer poco importante pero en mi opinión no
lo es, porque un grupo de compañeros parecían estar igual de interesados y
entusiasmados con la idea.
El
Colibrí está en una casa vieja en la calle Chihuahua. Supongo que no es gran
cosa, en realidad se ve un poco descuidada por fuera porque se trata de una
institución sin fines de lucro que obtiene dinero metiendo su proyecto a
competencias y ganando premios y financiamiento. Pero este lugarcito es un
pequeño cacho de “paraíso” para los niños que van. Se trabaja en dos turnos,
para que los niños que van a la escuela puedan estar en el Colibrí en la mañana
o en la tarde dependiendo de sus necesidades;
mi equipo y yo participamos en el turno vespertino. Los niños llegan,
comen, se lavan los dientes (porque la higiene es importante y es algo que se
les enseña) y se dividen: los chiquitos de niveles 1 y 2 van con Atenea y los
grandes de nivel 3 van con Karen (Karen y Atenea son casi como sus mejores
amigas, aunque también son casi como mamás para ellos cuando es necesario). Se
podría decir que el Colibrí es una escuela, pero en el sentido más amplio de la
palabra, no el de uniformes y niños sentados en bancas escuchando; es un centro
interdisciplinario. Los ayudan con sus tareas y a regularizarse, pero el
corazón del trabajo que hacen son los talleres varios, como manualidades,
capoeira y música. Su enfoque es que los niños tienen derecho a la diversión a
través de la educación (no el sistema educativo, la educación), porque cosas
que nosotros tomamos tan por sentado como saber leer o aprender matemáticas,
les dan la oportunidad de conocer mundos completamente nuevos (tan simples como
el mundo de Harry Potter o tan complejo como el mundo del infinito matemático).
Yo
contribuí a dos talleres (ambos con compañeros): matemáticas a niveles 1 y 2, y
lectoescritura a nivel 3. Honestamente, no me emocionaba tanto trabajar con
nivel 3 porque los adolescentes me intimidan fácilmente y había chavos (ah,
porque además eran todos hombres) más grandes que yo. Lo que me emocionaba eran
los chiquitos, porque además me han dicho que eso de enseñar mate se me da (es
mi única fuente de ingreso real). Disfruté trabajar con niveles 1 y 2; me
hacían sonreír mucho con sus comentarios inocentes (“Mi corazón tiene que estar
aquí [señala cabeza] porque con él pienso”), aunque también era difícil
escuchar algunos (“¡El papá de ** le pega!”). Sorprendentemente, lo que se me
hizo más gratificante fue el trabajo con los de nivel tres. Tuvimos problemas
al principio; supongo que las vidas que llevan hacen que sea más difícil para
ellos confiar en alguien, y todo trabajo en conjunto se basa en confianza. No
nos querían hablar, no estaban dispuestos a trabajar… Pero luego de una larga
charla encontramos algo que hacer que ellos fueran a disfrutar: escribieron una
obra de un acto para presentar en su
posada en diciembre que resultó ser más o menos una representación de sus vidas
en papel.
Por
lo que entiendo, el punto de CAS es expandir tus horizontes, conocer cosas
diferentes, básicamente salir de la burbujita que (muy probablemente) tu
escuela y tu entorno te han creado. Por mi propio entorno familiar, me gustaría
pensar que nunca me ha sido ajeno el “conocimiento” (perdón por el pésimo uso
de la palabra) conocimiento de la (triste) realidad de nuestro país y del
mundo, pero ese “conocimiento” ha sido en su mayoría pasivo para mí. Escuchando
esas historias de sus bocas es mucho más real que verlo en televisión o leerlo
en el periódico. También duelen de una manera más real. Pero no es todo
historias de terror. La verdad es que se me hacen personas increíblemente
admirables. No porque sean tan buenas personas aún teniendo vidas así, sino
porque son buenas personas porque tienen vidas así. ¿Que sus padres no quieren
que vayan a la escuela? Pues van y se esfuerzan más. ¿Que no están
contribuyendo dinero a la casa si se la pasan estudiando? Pues van y lavan
parabrisas todo el día (en un buen día, puedes ganar 200 o 300 pesos). Toman su
situación y la aprovechan al máximo, en lugar de tratar de olvidarla. Y creo
que para ellos estar en el Colibrí también es un reto personal, porque los
ayuda a superarse a sí mismos de muchas maneras y de probarse a sí mismos que
pueden hacer muchas cosas, todas las cosas que quieran, y no se tienen que
quedar sólo con lo que sus papás dicen que tendrían que estar haciendo.
Siempre
se dijo que nosotros íbamos a ser los que acababan aprendiendo. Es cierto.
Nunca pensé en el servicio social como una carga. No voy a decir que se me
olvida que es obligatorio porque hay que firmar hojas y hacer reportes, pero
las hojas y los reportes se van a perder y se me va a olvidar su existencia,
pero la experiencia no. Por eso tal vez no es tan malo que CAS sea un
requerimiento. Creo que si logras encontrar un proyecto que te guste y te rete,
y te logras abrir a lo que puedes aprender de él, es posible que de las
memorias más gratas que tengas de todo lo que tuviste que hacer para el IB sea
haber sido parte de algo de importancia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario