En
el centro Colibrí se atendían niños, niñas y sus familias migrantes de orígenes
Otomí. En el centro se hacían talleres de distinta índole para los niños.
Nosotros organizamos talleres nuevos a los que tenían durante el turno matutino
(p.e.informática); hicimos un taller de matemáticas, uno de manualidades, uno
de lectoescritura, uno de música y uno de baile.
Cuando
nos dijeron cómo tenía que ser la parte de servicio de CAS me preocupe bastante
porque no tenía la más remota idea de dónde iba a encontrar una institución a
la que ir. Por suerte una amiga había escuchado del Centro a través de su mamá.
Me explicó qué era lo que se hacía ahí, me dijo que podríamos trabajar ayudando
niños y me convenció de irlo a visitar. Arreglamos todo bastante rápido (si sí
nos aceptaban, qué días iríamos, en qué horarios, de qué serían los talleres,
con niños de qué edad) así que el proceso de decidir la institución, horarios y
actividades fue bastante sencillo. Como teníamos todo listo pudimos empezar
apenas comenzó Noviembre.
Yo
decidí dar un taller de manualidades con otra amiga, queríamos que los niños
tuvieran un espacio en el que pudieran ser creativos, mostrar su individualidad
y relajarse un poco. Logramos estos objetivos fácilmente porque las actividades
les gustaron mucho, además eran sencillas así que todos podían hacerlas y
quedar felices con el resultado (teníamos niños de 4 a 9 años).
Nos
dijeron que trabajáramos durante noviembre en algo para una posada que se iba a
hacer en diciembre así que nuestra primera actividad fue unos farolitos
(decoración). Decidimos empezar con esto porque era algo simple y queríamos ver
cómo trabajaba el grupo. Trabajaron muy bien. Nos dividimos niños y niñas (fue
la única clase que lo hicimos) para trabajar porque así sería más fácil para
nosotras tener control de grupo y conocer un poco a los niños.
La
siguiente vez que nos vimos comenzamos otro proyecto mucho más relacionado con
las posadas: ¡piñatas! Los niños estaban muy entusiasmados aunque algunos
admitieron que tenían miedo porque nunca habían hecho una y tenían miedo de
arruinarlo. Comentarios como este eran frecuentes pero eran fáciles de manejar
pues sólo les teníamos que decir que todos estábamos aprendiendo juntos
entonces no tenían que tener miedo, y si lo tenían, tenían que enfrentarlo.
Todo iba muy bien pero se nos terminó el engrudo entonces tuvimos que
improvisar con el resistol que tenían ahí y tuvimos que inventarnos otras
actividades para matar tiempo.
Así
siguieron las siguientes sesiones pero por una u otra razón terminé dando el
taller yo sola en algunas ocasiones. He de admitir que la primera vez que esto
sucedió estaba muy nerviosa porque no sabía cuántos niños iban a ir así que le
expliqué la situación a una de las coordinadoras y le pedí si podía estar en el
salón (sólo haciendo presencia). No hubo ningún problema ni esa ni ninguna otra
clase. De repente había momentos incómodos en los que los niños mencionaban que
sus papás les pegaban o en los que alguien no quería hacer la actividad porque
no había tenido un buen día; al principio no sabíamos qué hacer pero después
nos dimos cuenta de que si sólo cambiábamos de tema y continuábamos platicando
como si nada los niños no se lo tomaban personal y regresaban a trabajar.
Creo
que las actividades los entretuvieron mucho y si lograron que se olvidaran del
resto del mundo por un rato, hicimos que trabajaran en equipo (no siempre solos
o con sus amigos) para que pudieran aprender a relacionarse mejor con otras
personas.
En
el tiempo en el que estuve en el Colibrí aprendí mucho sobre responsabilidad y
compromiso porque tenía que recordar llevar dinero para el pasaje, llevar el
material de la clase, no olvidar mis cosas de la escuela y seguir haciendo
tareas. Aprendí acerca de compromiso porque a pesar de tener mucho trabajo
escolar que hacer no podía dejar olvidado el Colibrí, era necesario planear las
clases, los materiales, conseguir o hacer los materiales y probar las cosas
antes de hacerlas (farolitos, grullas y piñatas).
Hubo
un descanso en diciembre y debíamos reanudar actividades a finales de enero
pero no nos contactaban ni nada entonces nos preocupamos y buscamos a las
coordinadoras hasta que nos respondieron que estaban teniendo varios problemas
financieros y que era probable que el centro tuviera que cerrar. Me sentí muy
decepcionada porque en verdad me gustaba ir y pasar tiempo con los niños y
enseñarles cosas que ellos ni sabían que estaban aprendiendo. Me pareció que la
posada fue un bonito cierre para lo que estuvimos haciendo durante noviembre y
diciembre, los niños se divirtieron muchísimos, consiguieron muchos dulces de
las piñatas (hicimos la colecta de dulces) y pudieron mostrar lo que habían
hecho en otros talleres (una canción, una obra). Aún es posible continuar con
el proyecto pero de manera distinta y la verdad es que no me interesa de la
misma manera pues trabajar directamente con los niños enseñándoles algo que a
mí me apasiona era lo que hacía de este servicio algo tan único.






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