“Un Techo para mi
País (UTPMP) es una organización latinoamericana creada y liderada por jóvenes voluntarios, con el
objetivo de erradicar la extrema pobreza en el continente.
El trabajo de UTPMP
se da a través un proyecto de desarrollo
social que comienza con la construcción de viviendas
de emergencia, siguiendo con la etapa de Habilitación
Social en la que se ejecutan de planes de salud, educación,
fomento productivo y asesoría jurídica en las comunidades, hasta llegar a la última
etapa del proyecto, Comunidad
Sustentable, en la que se acompaña a las familias en la gestión
de soluciones definitivas que permitan la construcción de nuevas colonias
integradas a las redes sociales, manteniendo el capital social que la comunidad
haya adquirido como reflejo de su grado de desarrollo autosustentable.
El objetivo final de
UTPMP es que todos aquellos que viven en situación de extrema pobreza puedan
acceder a nuevas oportunidades que les permitan optar por una mejor calidad de
vida.
Todas las etapas que
componen el proyecto son implementadas en
conjunto, entre voluntarios, familias de las comunidades,
empresas y gobierno, bajo un principio de participación no asistencialista.”
Experiencia:
Yo había ido de misiones durante dos
años seguidos pero ya no me gustaba la forma en la que “ayudábamos” a las
personas pobres y fue por eso que comencé a buscar proyectos en los cuales el
servicio que les brindara a las personas sí tuviera un impacto más fuerte en
sus vidas. Finalmente encontré “Un Techo Para Mi País”, al leer en la página de
internet me di cuenta que sus objetivos y valores coincidían con mi forma de
pensar. De esta manera llené un formato en su página web y me inscribí a una
construcción.
Nos citaron un viernes a las 5 de la
mañana en el Parque México de la Condesa, cuando llegué me impresione al ver
tantos voluntarios formados para ser asignados a grupos. Como una voluntaria
más me formé con el recibo de mi pago, mi reducida maleta que incluía un
martillo y mi sleeping bag atrás de casi 200 personas. Una vez que llegué con
los organizadores, estaban dividiendo a los voluntarios en seis grupos, cada
uno nos dirigiríamos a diferentes escuelas públicas en diferentes zonas de la
ciudad, a mi grupo le tocó Xochimilco. En lo que terminaban de registrarse los
demás, me coloqué con los voluntarios de mi grupo y ahí esperamos. Antes de
subirnos a los camiones e irnos a las comunidades, nos dimos una fuerte porra y
un aplauso. Empacamos la comida, las maletas y los útiles para la construcción
en el pequeño camión y
emprendimos la aventura. Al llegar a
la comunidad nos instalamos en una escuela pública que nos prestó la comunidad
para alojarnos las dos siguientes noches. Mi grupo era de 40 personas
aproximadamente, entonces los organizadores nos dividieron de nuevo al azar en
seis grupos de más o menos seis personas con las que ibas a trabajar en la
construcción. Sin tiempo que perder fuimos a conocer a la familia a la cual le
construiríamos su vivienda de emergencia.
La familia nos indicó dónde querían
que hiciéramos la casa y comenzamos a aplanar el terreno y así después hacer
los hoyos para los troncos que sostendrían la vivienda. Creo que ésta fue la
parte más difícil y a la cual más tiempo le tuvimos que dedicar pues teníamos
que asegurarnos que las medidas fueran exactamente iguales a las de las tablas
que pondríamos después y que además estuvieran niveladas. Esto nos llevó todo
un día entero, sin embargo durante el día conocimos a los miembros del grupo,
convivimos mucho con la familia a la hora de la comida y jugamos con los niños.
La familia que nos tocó no era muy abierta, no participaba en la construcción y
tampoco era muy agradecida. Regresamos a la escuela muy cansados e hicimos una
dinámica de integración con todos los otros grupos para conocernos un poco
mejor, después cenamos y directo a dormir pues estábamos realmente agotados y a
la mañana siguiente también nos teníamos que levantar temprano.
A las 5 de la mañana
sonó el despertador, habíamos pasado muchísimo frío y habíamos dormido bastante
incómodos en la piso duro de piedra. Desayunamos fuerte para aguantar hasta las
3 de la tarde que era la hora de la comida y antes de salir hacia las casas de
las familias hicimos un pequeño juego para despertar y animarnos.
El segundo día ya fue
mucho más divertido; instalamos el piso y luego varias tablas que debíamos
martillar para que quedaran fijas. Nunca en la vida me había dolido más la mano
que cuando acabamos de poner el piso. Fácil clavamos 150 clavos, de todo tipo,
grandes y pequeños. Realizamos competencias con los niños y el señor de la casa
para ver quién lo hacía más rápido. Fue divertido y terminamos en poco tiempo.
Antes de seguir con las paredes comimos con la familia, ésta era una de las
partes más importantes pues la familia se esforzaba para que su comida te
gustara y hasta gastaban del poco dinero que tenían para comprarte una
Coca-Cola. Ese día la familia ya estaba
más abierta, se les notaba muy feliz y comenzaron a platicarnos más sobre sus cosas.
En la tarde comenzamos a poner las
paredes pre-fabricadas. Éstas eran muy pesadas y por eso solamente los hombres
del equipo y los hombres de la familia ayudaron a colocarlas mientras las
mujeres nos acercábamos a los niños o a las mujeres. Creo que el conocer a las personas que estás
ayudando es la parte más importante del servicio social pues al final vas a
poder ver si verdaderamente lograste tu objetivo.
Al
regresar a la escuela tuvimos que compartir con los demás grupos cosas sobre
nuestras familias y sobre nuestros progresos. Después cenamos y de nuevo a
dormir, estando aún más cansados. Cayó una tormenta por lo tanto pasamos más
frío y estábamos asustados de que lo que llevábamos construido no se cayera.
Tuvimos algunos problemas al poner las ventanas porque la primera vez estaban
al revés. Entonces perdimos algo de tiempo en eso.
Finalmente
nos dio tiempo de terminar la vivienda y realizamos una especie de ceremonia
para entregarle a la familia su casa como es debido. Colocamos globos y un
listón en la puerta para que la señora lo cortara e inaugurara su hogar. Jamás
voy a olvidar las sonrisas y los abrazos de agradecimiento de esa familia al
ver su casa terminada.
Sucios,
mal olientes, cansados e insolados pero conmocionados casi hasta las lágrimas
emprendimos el regreso al Parque México en la Condesa en donde nos recogerían
de una de las mejores experiencias que he tenido en toda mi vida. Sin duda
alguna la volvería a repetir pues no solo ayudamos a una familia necesitada
sino que me ayudó a mí.








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